Porqué cerrarse en un solo tema...?

Somos muestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos

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"La imaginación es solo la forma de ordenar nuestra memoria" Antonio L Antunez

miércoles, 17 de agosto de 2011

HIJITA

Mi hija hermosa, la mas bella rosa
 que ha sido creada, mi hija adorada.
 Eres tan amada, tù con tu ternura
 llenas nuestra casa, con tanta inocencia
 me robas el alma, llegaste a mi vida para iluminarla.
tù eres el sol de cada mañana. Eres mi ángel, mi gran esperanza.
No dudes mi niña,
 si tenerte fuera muerte
y tenerte fuera vida
prefiero morir y tenerte
que perderte y tener vida
porque tù mi niña eres la razón de mi vida

"El mensaje de Koneko".



Erase un joven músico que vivía en una casita musical.
Vivía solo, aunque lo visitaban muy seguido los colibríes multicolores que iban a deleitarse con el sabroso polen de las gazanias de su jardín.
Le gustaba estar solo, se definía a sí mismo como un gato, a quien, cuando lo quieren abrazar con el impulso de posesión, huye despavorido hacia alturas inalcanzables, donde sólo puede sentirse la cálida brisa de la libertad.
Su mayor dicha consistía en crear su arte. 
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Es más, años atrás, conectarse con su creatividad había sido el remedio que le permitió salir de una profunda tristeza: su hermana, algunos años menor que él, compañera de cantos y juegos, había partido a planos de existencia superiores, dejando en él una sensación de vacío interior que aún persistía, aunque en menor grado que durante los años cercanos a tal partida.  
El mundo artístico lo iluminaba. En el mismo momento en que tomaba su pluma mágica para escribir las letras de sus canciones, se conectaba con los infinitos sentidos que lo inspiraban a dar vida a las melodías más bellas. Se sentía uno con la música.
Sin embargo, cuando salía de ese estado creativo reaparecía esa sensación de vacío interior.  
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Un día, algo inesperado le sucedió. Fue de visita a la casa de un amigo con el cual hacía mucho que no se re-unía. Tras compartir una charla interesante, en el momento de despedirse el dueño de la casa le puso en sus manos una gatita pequeña que inmediatamente lo miró con sus ojos verdes, llenándolo de amor.
El amigo pronto le explicó que su gata había dado a luz a muchos cachorros y que éstos necesitaban ser adoptados.
Mientras la sostenía en sus manos, no pensó tanto en la responsabilidad del cuidado que implicaba una mascota sino en su falta de libertad que supondría adoptarla, al punto de quitarle la posibilidad, cuando tuviera ganas, de emprender viaje hacia aquellos bosques de aroma a pinos y brisa de mar.
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También lo abrazó esa sensación de no apegarse a algo o a alguien que pudiera perder en algún momento.
Sin embargo, un nuevo contacto visual entre ambos logró que esos pensamientos y sensaciones desparecieran, llenando el espacio del momento presente con un sentimiento especial que vibraba con la tonalidad del amor más puro.
Llegó a su casa. De entrada se sintió raro con la inesperada integrante, que pronto comenzó a hacer suyo ese territorio nuevo, recorriéndolo en su totalidad.
Ahora la casa vibraba con una nueva melodía de “Miaus”.
A los pocos minutos, pudo notar la facilidad con que la gatita se había adaptado al cambio, jugando a los saltos de un lado al otro.
Brincaba alto y con sus dos patitas parecía querer cazar moscas invisibles. 
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En uno de esos brincos, aterrizó sobre un parlante y se encontró nariz con nariz, con otro gatito.
Se trataba de un pequeño adorno tallado en madera, con un collar de cascabel alrededor de su cuello que, cuando la nueva integrante del hogar movía con sus patitas, emitía un sonido que a la cachorrita le generaba un aluvión de endorfinas gatunas.
El joven, permaneció un largo rato mirándola jugar, riéndose con sus travesuras. Instantes después decidió llamarla Koneko y adoptarla en su corazón. 
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Koneko, se caracterizaba por ser muy receptiva, mimosa y alegre con su amigo músico. Solía acompañarlo en su estudio de grabación, en su jardín mientras regaba las plantas o en la cocina cuando tomaba unos ricos mates amargos.
La relación entre ambos se había convertido en hermosa. ¡Hasta charlaban!
El había aprendido los códigos del idioma gatuno y la simpática gatita los códigos para interactuar y hacerse entender con los humanos.
Una noche despertó a Koneko el llanto de su amigo mientras dormía. Inmediatamente quiso aliviar su malestar. Pero, todo maullido, aplicar las uñas afiladas de sus patas en su espalda, y hasta brincar sobre él, fue en vano. Entonces puso en práctica su don de gata que, como todos los gatos, claro, poseía la habilidad de acceder a planos multidimensionales de existencia.
Ella solía jugar con “el aire”, según decía su amigo, sin imaginar que en realidad Koneko jugaba con el ángel guardian del joven músico. 
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Causalmente este bello ser era la misma alma que en vida humana había decidido jugar el juego de interpretar el rol de aquella hermana compañera a la que el músico tanto extrañaba.
Este hermoso ser de luz, además, no se limitaba sólo a ser ángel guardián de él, sino de quienes Dios le había asignado cuidar y amar.
Muchas de esas almas asignadas eran miembros de su familia terrenal y amigos de otros planos.
Koneko le pidió ayuda a su ya conocida amiga, y ésta le preguntó si deseaba ingresar al sueño del querido muchacho, a lo que la gatita accedió con un ansioso y afirmativo “Miauuuu”. 
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El ángel, con amorosa voz telepática, le explicó que en los sueños, todo es posible y que con su ayuda, iba a poder viajar astralmente hacia el plano donde se hallaba el joven.
En un instante, de un brinco álmico, Koneko ingresó al mundo de los sueños.
Entonces comprobó que su amigo estaba soñanado que caminaba por un bosque de aroma a pinos y brisa de mar, uno de sus lugares favoritos, por haberlo compartido con su hermana en la amada niñez.
El muchacho se sentó en el pasto debajo de un árbol muy alto. Apoyó su espalda sobre el tronco y cerró sus ojos. Se sentía triste por la añoranza. Koneko había aterrizado sobre la rama de aquel árbol.
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Al observarlo, la gatita jugó a sorprender a su amigo saltando de la rama del árbol sobre su regazo con un fuerte ¡¡Miauuuu!!.
-¡Koneko! ¡me asustaste!… pero qué lindo verte acá… Estaba triste -le dijo.
Para su sorpresa, Koneko le respondió: -Ya lo sabía, querido amigo. En el mundo de los sueños todo es posible, y puedo hablar en tu idioma.
Te vine a visitar para recordarte un mensaje de Unidad que olvidaste con el tiempo. Es justamente ese olvido lo que te produce la ilusión de desconexión con el ser querido que tanto amas.
Que tus sentidos no te engañen, somos mucho más que el cuerpo.
Somos La Luz eterna.
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Quien interpretó el personaje de tu hermana se ha convertido un ser divino, cuyo único rol es ser un instrumento del amor más sublime. Partió del cuerpo para emprender la aventura de experimentar otros planos de existencia superiores a la experiencia física.
-Años antes de su partida, ella había recordado el valor del amor entre todo y todos; por lo tanto, pasó de grado, de manera similar al sistema escolar, donde al haber aprendido determinadas materias se permite avanzar de grado.
El alma pasa a planos de más conciencia al haber aprendido a amar a través del perdón, de la aceptación de las diferencias, de la no violencia, del respeto a la vida, etcétera.
Mientras vive en el planeta Tierra, similar a una escuela, cada alma sabe cuáles son las materias que le resulta difícil aprobar.
Conectate con tu corazón, porque en él existe la vibración del amor que nos une a todo lo creado, más allá de las aparentes separaciones físicas. 
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Todo es uno: lluvia, hormiguitas, gazanias, Koneko, tus seres queridos y hasta los colibriés que tantas ganas tengo de cazar -dijo Koneko guiñando un ojo, y continuó:
-Todos compartimos la conexión con ese Dios-Amor del cual formamos parte.
El alma, teniendo la experiencia de ser humana, se cree aislada y limitada, pero nunca hubo separación, y siempre estuvo unida a todas las otras partes de la creación por medio del lazo invisible del amor incondicional.
Del mismo modo que los personajes del sueño no son reales, y te das cuenta de esa ilusión al despertar, la realidad física es otro tipo de sueño que, en ese pase de plano que ustedes llaman “muerte”, sucede el despertar del alma que recuerda la experiencia física como la oportunidad que tuvo de amar y recordar quién era realmente.  
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También le anticipó:
-Te amo, querido amigo, y te voy a acompañar siendo mascota, para espejarte esas cualidades que tanto te gustan de mí y necesitás recordar. Sé amor, porque es quien sos, y sé siempre feliz, jugando en el plano abstracto de la creatividad.
Desapego no significa rechazo, desapego es dejarte abrazar sabiendo que ningún apego puede poseerte al saberte unido a todo.
Siempre sos vos dejándote abrazar por vos mismo. Ah…
Hizo una pausa.
-Y antes de irme de este plano, te pido un favor: que crees una canción que hable sobre ese falso mito de las siete vidas que supuestamente tenemos.
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¡Todo lo creado, todo lo que existe, tiene vida eterna que se expresa en diversas formas!
Tal como el cuerpo se viste con ropa, el alma usa el cuerpo como su vestimenta temporal.
Que tu canción interior vibre siempre en armonía, como resultado de saberte amado.
Acto seguido, con un dulce maullido, la gatita ojos de pradera se despidió de su amigo y, con un nuevo brinco álmico, desapareció.
El joven músico, sintió una profunda gratitud por su amada gatita, capaz de haberle esfumado por arte gatuno su tristeza.
Y quedó en paz, sintiendo aún el mensaje de Koneko resonando en su corazón. Fue en ese instante de pacífica dicha interna que percibió una energía familiar acercándose a él. 
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No podía distinguir una forma física. Más bien era una energía de luz consciente, aunque sí reconocía cierta vibración de empatía con un alma afín. Cuando la energía de luz blanca estuvo cerca de él, escuchó en su mente, el lenguaje del corazón, que le dijo: -Nunca hubo separación entre nosotros.
Te regalo una rosa, como señal de mi presencia viva.
Yo no quiero vivir enterrada en tu mente sino floreciendo por la eternidad en tu corazón. No me eches de menos. Acá estoy en tus sueños, para contarte ¡¡lo bien que me encuentro!! y para que sepas que soy más que esa sombra en tu memoria.
Cuando despiertes de este sueño, recordá que siempre estuvimos lado a lado, como quien vive fuera del espacio-tiempo.
Voy a hablarte desde los sueños y cantarte con mi voz de cuenco, susurrándote la verdad, para que dentro del sueño que llamás realidad puedas por fin despertar.
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El músico despertó recordando en detalle ese sueño tan vívido.
Lo primero que hizo fue buscar visualmente a Koneko, que no estaba durmiendo a sus pies, como habitualmente lo hacía a esas horas de la madrugada. Eran las 3:33 AM cuando el joven, que aún se encontraba con esa inmensa sensación de amor, salió al jardín a nutrirse del aire nocturno.
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Nuevamente Koneko lo sorprendió. Esta vez, ella no brincó, sino que estaba al lado del rosal de su jardín, sintiendo el aroma de una hermosa rosa recién nacida. Inmediatamente supo que ésa era la señal. 
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El muchacho se acercó a su gatita y la abrazó fuertemente, miró hacia el cielo nocturno de esa noche estrellada, agradecido por esa señal y por lo que había olvidado aunque siempre había intuído en su corazón, aquello que Koneko volvió a recordarle: -Que tus sentidos no te engañen: somos mucho más que el cuerpo. Somos La Luz eterna.
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Vero Shanti

Dar, Pedir y Recibir

No es fácil saber hacer las tres cosas bien solo unos pocos afortunados en sus vidas son capaces de conjugar los tres verbos.
Así en términos generales, diría que las personas buenas, son generosas y agradables, mientras que las malas, son egoístas.
SABER PEDIR: Puede parecer la mas fácil, pero es la mas complicada.Hay creen verse pedigüeños, también encontramos a los no piden por soberbia.
SABER RECIBIR: Debería ser la mas fácil, pero no basta con decir gracias, el que sabe recibir, siente gratitud y no olvida, porque el agradecimiento es la memoria del corazón.

A veces ocurre que la persona a la que mas has ayudado, es de la que peor trato recibes, por eso alguien dijo; "QUE FAVOR LE HABRÉ HECHO YO A ESA PERSONA PARA QUE ME TRATE TAN MAL"

El Arbol


    Era un árbol, en realidad no sabía la especie a la que pertenecía, pero se encontraba en los bosques de temperatura templada casi fría, en el norte de Europa.
    No podía aceptar que era un árbol y el no poder moverse, siempre quería más y más, no aceptaba lo que había a su alrededor y por eso se atormentaba. Pareciera una mujer -muchos pensaban al verle caminando por esos bosques- el estar junto a su tronco y el sonido de sus hojas moviéndose al compás del viento daban mucha paz y tranquilidad a quien estaba a su lado, sin embargo, ella sólo quería salir de ese tronco.
    En realidad la habían transformado en eso, en un pedazo de madera, con vida, mucha vida, pero no podía hablar y estaba indefensa ante la tortura de los incendios y de lo lastimoso de las heridas que le provocaban los humanos, esas hachas que con el tiempo se fueron convirtiendo en serruchos y después en sierras, y cómo la querían convertir en algo que en realidad ella nunca fue, ella nunca quiso ser.
    Antes mucho antes de que esto sucediera ella misma había cambiado por muchos hechizos y maldiciones y su forma había sido distorsionada y hasta la fecha no se sabe cómo fue…
    Sólo pensaba, mi cabello ahora ya no será rubio ni tampoco negro como en otras ocasiones, ahora será natural, como lo que me rodea, este hermoso bosque -se decía- será color madera, y yo yo seré fuerte, con mucha vida, aunque muy vulnerable, dando mucha vida a través de los frutos que son las mismas letras, pero seguiré seca, mi piel y mi ser estarán secos a pesar de tener vida.
    Tenía mucho miedo cuando llegaban los leñadores porque no quería saber más de dolor y no poder hacer nada, era una tortura casi indescriptible, hasta los niños le daban un miedo enorme ya que con sus navajas ponían iniciales y rasgaban su propia piel que para los demás era solo la corteza seca de un árbol viejo, antiguo…
    Sin embargo, sabía y estaba con una completa seguridad de que era parte de una sublime naturaleza y por eso había tantos al acecho, la querían cortar, destrozar y convertirla en algo más, en algo que para ella, antes era parte de su vida, hojas de papel, hojas en las que antes escribía, hojas en las que plasmaba sus historias, su mente, y su vida, su vida por completo, pero hacía tanto tiempo de aquello que parecían sueños aunque ella ni siquiera los podía recordar ya que siempre estaba “despierta” por el propio miedo, angustia, que le provocaba el contacto con la gente en su propio ambiente que no toleraba que lo inundaran con desechos, como en muchas otras ocasiones.
    Tenía la apariencia propia de un Roble, fuerte, robusto y muy apreciado por toda la humanidad, uno de los más conocidos en el mundo entero, en todas las épocas, en todos los ambientes o géneros, siempre se hablaban de árboles y de la importancia de la naturaleza y ella lo sabía, porque estaba llena de hojas, en su interior lo único que habían eran libros desde manuscritos hasta libros que habían hecho con retazos de sus compañeros del bosque, ella los guardaba en su interior y aún estando estática (menos cuando el aire movía su copa) siempre estaba enterada de lo que pasba en el mundo “exterior”.
    Su copa era de las más frondosas, estaba llena de ramas y hojas, tan pero tan llena que apenas y dejaba pasar los rayos del sol a través de esas hojas y eso hacía tan apacible a quienes caminaban por ese bosque para sentarse y recostarse en su tronco y sentir tal paz y tal tranquilidad, como a la vez el ánimo para continuar con su viaje.
    Amante de las tormentas cuando en realidad era la Princesa… ahora llevaba más maldiciones, no sólo ser alguien inmóvil sino atraer a esos rayos provenientes de las tormentas que tanto amaba, que tanto adoraba, ahora esos rayos también tenían una maldición porque al ser sus eternos amantes, sus eternos pretendientes, no la quisieron dejar sola en ese tormento y decidieron sacrificarse por amor a ella, pero no se dieron cuenta, de que esa maldición los convertiría en rayos.
    Y así fue como atraía a esos truenos, a esos rayos, que en realidad eran los hombres que había dejado en su vida, pero que sin embargo la seguían sin darse cuenta que en realidad eran su propia destrucción, porque bien se sabe que los árboles atraen a los rayos y sólo para una cosa… para acabar con ellos, para ser su fin, para en realidad hacerlos sufrir más a través de una muerte que se consume en fuego y termina en cenizas.
    Una atracción ante la que no se puede hacer nada.

La diferencia

    En la primera de las imágenes, puedes decidir ver una joven. Quizá veas la nariz respingona, la pluma verde que adorna su cabello, o la gargantilla que rodea su cuello.
    Y en la segunda puedes decidir ver una anciana. La nariz ganchuda sobresale por encima de una boca fina, por encima de una prominente barbilla.
    Pero también podrías ver una anciana en la primera, y una joven en la segunda. Una vez que ves las dos, puedes decidir qué ves en cada imagen. ¿Dos ancianas, dos jóvenes, una anciana y una joven?
    Como ves, la diferencia no está en las imágenes. Las dos imágenes son idénticas por obra y gracia del copy&paste. Mismos colores, mismos píxeles, en la misma posición. La diferencia, amigo...
    La diferencia eres tú. Tú decides qué quieres ver.
    Las conclusiones las dejo como ejercicio al lector.

sábado, 23 de octubre de 2010

El rayo de luna





Yo no sé si esto es una historia que parece cuento o un cuento que parece historia; lo que puedo decir es que en su fondo hay una verdad, una verdad muy triste, de la que acaso yo seré uno de los últimos en aprovecharme, dadas mis condiciones de imaginación.

Otro, con esta idea, tal vez hubiera hecho un tomo de filosofía lacrimosa; yo he escrito esta leyenda que, a los que nada vean en su fondo, al menos podrá entretenerles un rato.

Era noble, había nacido entre el estruendo de las armas, y el insólito clamor de una trompa de guerra no le hubiera hecho levantar la cabeza un instante ni apartar sus ojos un punto del oscuro pergamino en que leía la última cantiga de un trovador.

Los que quisieran encontrarle, no lo debían buscar en el anchuroso patio de su castillo, donde los palafreneros domaban los potros, los pajes enseñaban a volar a los halcones, y los soldados se entretenían los días de reposo en afilar el hierro de su lanza contra una piedra.

-¿Dónde está Manrique, dónde está vuestro señor? -preguntaba algunas veces su madre.

-No sabemos -respondían sus servidores:- acaso estará en el claustro del monasterio de la Peña, sentado al borde de una tumba, prestando oído a ver si sorprende alguna palabra de la conversación de los muertos; o en el puente, mirando correr unas tras otras las olas del río por debajo de sus arcos; o acurrucado en la quiebra de una roca y entretenido en contar las estrellas del cielo, en seguir una nube con la vista o contemplar los fuegos fatuos que cruzan como exhalaciones sobre el haz de las lagunas. En cualquiera parte estará menos en donde esté todo el mundo.

En efecto, Manrique amaba la soledad, y la amaba de tal modo, que algunas veces hubiera deseado no tener sombra, porque su sombra no le siguiese a todas partes.

Amaba la soledad, porque en su seno, dando rienda suelta a la imaginación, forjaba un mundo fantástico, habitado por extrañas creaciones, hijas de sus delirios y sus ensueños de poeta, tanto, que nunca le habían satisfecho las formas en que pudiera encerrar sus pensamientos, y nunca los había encerrado al escribirlos.

Creía que entre las rojas ascuas del hogar habitaban espíritus de fuego de mil colores, que corrían como insectos de oro a lo largo de los troncos encendidos, o danzaban en una luminosa ronda de chispas en la cúspide de las llamas, y se pasaba las horas muertas sentado en un escabel junto a la alta chimenea gótica, inmóvil y con los ojos fijos en la lumbre.

Creía que en el fondo de las ondas del río, entre los musgos de la fuente y sobre los vapores del lago, vivían unas mujeres misteriosas, hadas, sílfides u ondinas, que exhalaban lamentos y suspiros, o cantaban y se reían en el monótono rumor del agua, rumor que oía en silencio intentando traducirlo.

En las nubes, en el aire, en el fondo de los bosques, en las grietas de las peñas, imaginaba percibir formas o escuchar sonidos misteriosos, formas de seres sobrenaturales, palabras ininteligibles que no podía comprender.

¡Amar! Había nacido para soñar el amor, no para sentirlo. Amaba a todas las mujeres un instante: a ésta porque era rubia, a aquélla porque tenía los labios rojos, a la otra porque se cimbreaba al andar como un junco.

Algunas veces llegaba su delirio hasta el punto de quedarse una noche entera mirando a la luna, que flotaba en el cielo entre un vapor de plata, o a las estrellas que temblaban a lo lejos como los cambiantes de las piedras preciosas. En aquellas largas noches de poético insomnio, exclamaba:

-Si es verdad, como el prior de la Peña me ha dicho, que es posible que esos puntos de luz sean mundos; si es verdad que en ese globo de nácar que rueda sobre las nubes habitan gentes, ¡qué mujeres tan hermosas serán las mujeres de esas regiones luminosas, y yo no podré verlas, y yo no podré amarlas!... ¿Cómo será su hermosura?... ¿Cómo será su amor?...

Manrique no estaba aún lo bastante loco para que le siguiesen los muchachos, pero sí lo suficiente para hablar y gesticular a solas, que es por donde se empieza.

Sobre el Duero, que pasaba lamiendo las carcomidas y oscuras piedras de las murallas de Soria, hay un puente que conduce de la ciudad al antiguo convento de los Templarios, cuyas posesiones se extendían a lo largo de la opuesta margen del río.

En la época a que nos referimos, los caballeros de la Orden habían ya abandonado sus históricas fortalezas; pero aún quedaban en pie los restos de los anchos torreones de sus muros, aún se veían, como en parte se ven hoy, cubiertos de hiedra y campanillas blancas, los macizos arcos de su claustro, las prolongadas galerías ojivales de sus patios de armas, en las que suspiraba el viento con un gemido, agitando las altas hierbas.

En los huertos y en los jardines, cuyos senderos no hollaban hacía muchos años las plantas de los religiosos, la vegetación, abandonada a sí misma, desplegaba todas sus galas, sin temor de que la mano del hombre la mutilase, creyendo embellecerla. Las plantas trepadoras subían encaramándose por los añosos troncos de los árboles; las sombrías calles de álamos, cuyas copas se tocaban y se confundían entre sí, se habían cubierto de césped; los cardos silvestres y las ortigas brotaban en medio de los enarenados caminos, y en dos trozos de fábrica, próximos a desplomarse, el jaramago, flotando al viento como el penacho de una cimera, y las campanillas blancas y azules, balanceándose como en un columpio sobre sus largos y flexibles tallos, pregonaban la victoria de la destrucción y la ruina.

Era de noche; una noche de verano, templada, llena de perfumes y de rumores apacibles, y con una luna blanca y serena, en mitad de un cielo azul, luminoso y transparente.

Manrique, presa su imaginación de un vértigo de poesía, después de atravesar el puente, desde donde contempló un momento la negra silueta de la ciudad, que se destacaba sobre el fondo de algunas nubes blanquecinas y ligeras arrolladas en el horizonte, se internó en las desiertas ruinas de los Templarios.

La media noche tocaba a su punto. La luna, que se había ido remontando lentamente, estaba ya en lo más alto del cielo, cuando al entrar en una oscura alameda que conducía desde el derruido claustro a la margen del Duero, Manrique exhaló un grito leve y ahogado, mezcla extraña de sorpresa, de temor y de júbilo.

En el fondo de la sombría alameda había visto agitarse una cosa blanca, que flotó un momento y desapareció en la oscuridad. La orla del traje de una mujer, de una mujer que había cruzado el sendero y se ocultaba entre el follaje, en el mismo instante en que el loco soñador de quimeras o imposibles penetraba en los jardines.

-¡Una mujer desconocida!... ¡En este sitio!..., ¡a estas horas! Esa, esa es la mujer que yo busco -exclamó Manrique; y se lanzó en su seguimiento, rápido como una saeta.

Llegó al punto en que había visto perderse entre la espesura de las ramas a la mujer misteriosa. Había desaparecido. ¿Por dónde? Allá lejos, muy lejos, creyó divisar por entre los cruzados troncos de los árboles como una claridad o una forma blanca que se movía.

-¡Es ella, es ella, que lleva alas en los pies y huye como una sombra! -dijo, y se precipitó en su busca, separando con las manos las redes de hiedra que se extendían como un tapiz de unos en otros álamos. Llegó rompiendo por entre la maleza y las plantas parásitas hasta una especie de rellano que iluminaba la claridad del cielo... ¡Nadie!

-¡Ah!, por aquí, por aquí va -exclamó entonces-. Oigo sus pisadas sobre las hojas secas, y el crujido de su traje que arrastra por el suelo y roza en los arbustos; -y corría y corría como un loco de aquí para allá, y no la veía. -Pero siguen sonando sus pisadas -murmuró otra vez;- creo que ha hablado; no hay duda, ha hablado... El viento que suspira entre las ramas; las hojas, que parece que rezan en voz baja, me han impedido oír lo que ha dicho; pero no hay duda, va por ahí, ha hablado... ha hablado... ¿En qué idioma? No sé, pero es una lengua extranjera... Y tornó a correr en su seguimiento, unas veces creyendo verla, otras pensando oírla; ya notando que las ramas, por entre las cuales había desaparecido, se movían; ya imaginando distinguir en la arena la huella de sus propios pies; luego, firmemente persuadido de que un perfume especial que aspiraba a intervalos era un aroma perteneciente a aquella mujer que se burlaba de él, complaciéndose en huirle por entre aquellas intrincadas malezas. ¡Afán inútil!

Vagó algunas horas de un lado a otro fuera de sí, ya parándose para escuchar, ya deslizándose con las mayores precauciones sobre la hierba, ya en una carrera frenética y desesperada.

Avanzando, avanzando por entre los inmensos jardines que bordaban la margen del río, llegó al fin al pie de las rocas sobre que se eleva la ermita de San Saturio.

-Tal vez, desde esta altura podré orientarme para seguir mis pesquisas a través de ese confuso laberinto -exclamó trepando de peña en peña con la ayuda de su daga.

Llegó a la cima, desde la que se descubre la ciudad en lontananza y una gran parte del Duero que se retuerce a sus pies, arrastrando una corriente impetuosa y oscura por entre las corvas márgenes que lo encarcelan.

Manrique, una vez en lo alto de las rocas, tendió la vista a su alrededor; pero al tenderla y fijarla al cabo en un punto, no pudo contener una blasfemia.

La luz de la luna rielaba chispeando en la estela que dejaba en pos de sí una barca que se dirigía a todo remo a la orilla opuesta.

En aquella barca había creído distinguir una forma blanca y esbelta, una mujer sin duda, la mujer que había visto en los Templarios, la mujer de sus sueños, la realización de sus más locas esperanzas. Se descolgó de las peñas con la agilidad de un gamo, arrojó al suelo la gorra, cuya redonda y larga pluma podía embarazarle para correr, y desnudándose del ancho capotillo de terciopelo, partió como una exhalación hacia el puente.

Pensaba atravesarlo y llegar a la ciudad antes que la barca tocase en la otra orilla. ¡Locura! Cuando Manrique llegó jadeante y cubierto de sudor a la entrada, ya los que habían atravesado el Duero por la parte de San Saturio, entraban en Soria por una de las puertas del muro, que en aquel tiempo llegaba hasta la margen del río, en cuyas aguas se retrataban sus pardas almenas.

Aunque desvanecida su esperanza de alcanzar a los que habían entrado por el postigo de San Saturio, no por eso nuestro héroe perdió la de saber la casa que en la ciudad podía albergarlos. Fija en su mente esta idea, penetró en la población, y dirigiéndose hacia el barrio de San Juan, comenzó a vagar por sus calles a la ventura.

Las calles de Soria eran entonces, y lo son todavía, estrechas, oscuras y tortuosas. Un silencio profundo reinaba en ellas, silencio que sólo interrumpían, ora el lejano ladrido de un perro; ora el rumor de una puerta al cerrarse, ora el relincho de un corcel que piafando hacía sonar la cadena que le sujetaba al pesebre en las subterráneas caballerizas.

Manrique, con el oído atento a estos rumores de la noche, que unas veces le parecían los pasos de alguna persona que había doblado ya la última esquina de un callejón desierto, otras, voces confusas de gentes que hablaban a sus espaldas y que a cada momento esperaba ver a su lado, anduvo algunas horas, corriendo al azar de un sitio a otro.

Por último, se detuvo al pie de un caserón de piedra, oscuro y antiquísimo, y al detenerse brillaron sus ojos con una indescriptible expresión de alegría. En una de las altas ventanas ojivales de aquel que pudiéramos llamar palacio, se veía un rayo de luz templada y suave que, pasando a través de unas ligeras colgaduras de seda color de rosa, se reflejaba en el negruzco y grieteado paredón de la casa de enfrente.

-No cabe duda; aquí vive mi desconocida -murmuró el joven en voz baja sin apartar un punto sus ojos de la ventana gótica;- aquí vive. Ella entró por el postigo de San Saturio... por el postigo de San Saturio se viene a este barrio... en este barrio hay una casa, donde pasada la media noche aún hay gente en vela... ¿En vela? ¿Quién sino ella, que vuelve de sus nocturnas excursiones, puede estarlo a estas horas?... No hay más; ésta es su casa.
En esta firme persuasión, y revolviendo en su cabeza las más locas y fantásticas imaginaciones, esperó el alba frente a la ventana gótica, de la que en toda la noche no faltó la luz ni él separó la vista un momento.

Cuando llegó el día, las macizas puertas del arco que daba entrada al caserón, y sobre cuya clave se veían esculpidos los blasones de su dueño, giraron pesadamente sobre los goznes, con un chirrido prolongado y agudo. Un escudero reapareció en el dintel con un manojo de llaves en la mano, restregándose los ojos y enseñando al bostezar una caja de dientes capaces de dar envidia a un cocodrilo.

Verle Manrique y lanzarse a la puerta, todo fue obra de un instante.

-¿Quién habita en esta casa? ¿Cómo se llama ella? ¿De dónde es? ¿A qué ha venido a Soria? ¿Tiene esposo? Responde, responde, animal -ésta fue la salutación que, sacudiéndole el brazo violentamente, dirigió al pobre escudero, el cual, después de mirarle un buen espacio de tiempo con ojos espantados y estúpidos, le contestó con voz entrecortada por la sorpresa:

-En esta casa vive el muy honrado señor D. Alonso de Valdecuellos, montero mayor de nuestro señor el rey, que herido en la guerra contra moros, se encuentra en esta ciudad reponiéndose de sus fatigas.

-Pero ¿y su hija? -interrumpió el joven impaciente;- ¿y su hija, o su hermana; o su esposa, o lo que sea?

-No tiene ninguna mujer consigo.

-¡No tiene ninguna!... Pues ¿quién duerme allí en aquel aposento, donde toda la noche he visto arder una luz?

-¿Allí? Allí duerme mi señor D. Alonso, que, como se halla enfermo, mantiene encendida su lámpara hasta que amanece.

Un rayo cayendo de improviso a sus pies no le hubiera causado más asombro que el que le causaron estas palabras.

-Yo la he de encontrar, la he de encontrar; y si la encuentro, estoy casi seguro de que he de conocerla... ¿En qué?... Eso es lo que no podré decir... pero he de conocerla. El eco de sus pisadas o una sola palabra suya que vuelva a oír, un extremo de su traje, un solo extremo que vuelva a ver, me bastarán para conseguirlo. Noche y día estoy mirando flotar delante de mis ojos aquellos pliegues de una tela diáfana y blanquísima; noche y día me están sonando aquí dentro, dentro de la cabeza, el crujido de su traje, el confuso rumor de sus ininteligibles palabras... ¿Qué dijo?... ¿qué dijo? ¡Ah!, si yo pudiera saber lo que dijo, acaso... pero aún sin saberlo la encontraré... la encontraré; me lo da el corazón, y mi corazón no me engaña nunca. Verdad es que ya he recorrido inútilmente todas las calles de Soria; que he pasado noches y noches al sereno, hecho poste de una esquina; que he gastado más de veinte doblas en oro en hacer charlar a dueñas y escuderos; que he dado agua bendita en San Nicolás a una vieja, arrebujada con tal arte en su manto de anascote, que se me figuró una deidad; y al salir de la Colegiata una noche de maitines, he seguido como un tonto la litera del arcediano, creyendo que el extremo de sus holapandas era el del traje de mi desconocida; pero no importa... yo la he de encontrar, y la gloria de poseerla excederá seguramente al trabajo de buscarla.

¿Cómo serán sus ojos?... Deben de ser azules, azules y húmedos como el cielo de la noche; me gustan tanto los ojos de ese color; son tan expresivos, tan melancólicos, tan... Sí... no hay duda; azules deben de ser, azules son, seguramente; y sus cabellos negros, muy negros y largos para que floten... Me parece que los vi flotar aquella noche, al par que su traje, y eran negros... no me engaño, no; eran negros.

¡Y qué bien sientan unos ojos azules, muy rasgados y adormidos, y una cabellera suelta, flotante y oscura, a una mujer alta... porque... ella es alta, alta y esbelta como esos ángeles de las portadas de nuestras basílicas, cuyos ovalados rostros envuelven en un misterioso crepúsculo las sombras de sus doseles de granito! ¡Su voz!... su voz la he oído... su voz es suave como el rumor del viento en las hojas de los álamos, y su andar acompasado y majestuoso como las cadencias de una música.

Y esa mujer, que es hermosa como el más hermoso de mis sueños de adolescente, que piensa como yo pienso, que gusta como yo gusto, que odia lo que yo odio, que es un espíritu humano de mi espíritu, que es el complemento de mi ser, ¿no se ha de sentir conmovida al encontrarme? ¿No me ha de amar como yo la amaré, como la amo ya, con todas las fuerzas de mi vida, con todas las facultades de mi alma?

Vamos, vamos al sitio donde la vi la primera y única vez que le he visto... ¿Quién sabe si, caprichosa como yo, amiga de la soledad y el misterio, como todas las almas soñadoras, se complace en vagar por entre las ruinas, en el silencio de la noche?

Dos meses habían transcurrido desde que el escudero de D. Alonso de Valdecuellos desengañó al iluso Manrique; dos meses durante los cuales en cada hora había formado un castillo en el aire, que la realidad desvanecía con un soplo; dos meses, durante los cuales había buscado en vano a aquella mujer desconocida, cuyo absurdo amor iba creciendo en su alma, merced a sus aún más absurdas imaginaciones, cuando después de atravesar absorto en estas ideas el puente que conduce a los Templarios, el enamorado joven se perdió entre las intrincadas sendas de sus jardines.

La noche estaba serena y hermosa, la luna brillaba en toda su plenitud en lo más alto del cielo, y el viento suspiraba con un rumor dulcísimo entre las hojas de los árboles.

Manrique llegó al claustro, tendió la vista por su recinto y miró a través de las macizas columnas de sus arcadas... Estaba desierto.

Salió de él, encaminó sus pasos hacia la oscura alameda que conduce al Duero, y aún no había penetrado en ella, cuando de sus labios se escapó un grito de júbilo.

Había visto flotar un instante y desaparecer el extremo del traje blanco, del traje blanco de la mujer de sus sueños, de la mujer que ya amaba como un loco.

Corre, corre en su busca, llega al sitio en que la ha visto desaparecer; pero al llegar se detiene, fija los espantados ojos en el suelo, permanece un rato inmóvil; un ligero temblor nervioso agita sus miembros, un temblor que va creciendo, que va creciendo y ofrece los síntomas de una verdadera convulsión, y prorrumpe al fin una carcajada, una carcajada sonora, estridente, horrible.

Aquella cosa blanca, ligera, flotante, había vuelto a brillar ante sus ojos, pero había brillado a sus pies un instante, no más que un instante.

Era un rayo de luna, un rayo de luna que penetraba a intervalos por entre la verde bóveda de los árboles cuando el viento movía sus ramas.

Habían pasado algunos años. Manrique, sentado en un sitial junto a la alta chimenea gótica de su castillo, inmóvil casi y con una mirada vaga e inquieta como la de un idiota, apenas prestaba atención ni a las caricias de su madre, ni a los consuelos de sus servidores.

-Tú eres joven, tú eres hermoso -le decía aquélla;- ¿por qué te consumes en la soledad? ¿Por qué no buscas una mujer a quien ames, y que amándote pueda hacerte feliz?

-¡El amor!... El amor es un rayo de luna -murmuraba el joven.

-¿Por qué no despertáis de ese letargo? -le decía uno de sus escuderos;- os vestís de hierro de pies a cabeza, mandáis desplegar al aire vuestro pendón de ricohombre, y marchamos a la guerra: en la guerra se encuentra la gloria.

-¡La gloria!... La gloria es un rayo de luna.

-¿Queréis que os diga una cantiga, la última que ha compuesto mosén Arnaldo, el trovador provenzal?

-¡No! ¡No! -exclamó el joven incorporándose colérico en su sitial-; no quiero nada... es decir, sí quiero... quiero que me dejéis solo... Cantigas... mujeres... glorias... felicidad... mentiras todo, fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos, ¿para qué?, ¿para qué?, para encontrar un rayo de luna.

Manrique estaba loco: por lo menos, todo el mundo lo creía así. A mí, por el contrario, se me figuraba que lo que había hecho era recuperar el juicio.

lunes, 11 de octubre de 2010

Orfeo y Eurídice


Según narra el mito Ericide encontró la muerte al ser picada por una serpiente y descendió hasta  el Hades, el infierno de los griegos. Su esposo Orfeo, la amaba tanto que decidió ir a buscarla. Para esta misión contaba nada más que con su lira y su voz: el enamorado era el mejor músico del mundo, y su talento era tal que las fieras se rendían al oírlo y los ejércitos detenían sus combates para disfrutar de su arte. Sin demora, Orfeo inicio el camino que lo llevaba directamente hasta el infierno. Una vez sorteando varios obstáculos, llego hasta el mismísimo Hades y Perséfone para solicitarle que le permitiera llevarse de sus dominios a su esposa. Tanta paz y tanto gozo produjo con su música que los reyes decidieron aceptar su pedido y dejaron salir a Euridice del infierno. Peor todo tenía un precio, y a cambio de la libertad de la mujer, se le impuso una condición: Orfeo debía caminar delante de su esposa y en ningún momento, bajo ninguna circunstancia, debía mirar hacia atrás hasta encontrarse afuera. Una vez acopetada la condición, la pareja comenzó el ascenso. Caminaron un trecho bastante largo, y ya se veía la luz del sol, cuando Euridice, que venía detrás de su amado, resbaló con una piedra, Orfeo asustado, se voltio para ver qué había ocurrido. Entonces la figura de su amada empezó a desvanecerse y él supo que la había perdido para siempre. Triste final el de esa historia. Pero así son los mitos griegos, cargan siempre con un detalle que cumplir. Una particularidad fatal e ineludible.